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Frankenstein y los límites
éticos de la ciencia
Por Ana María Muñoz
  • Un primero de enero de 1818, fue publicada Frankenstein o el moderno Prometeo, la novela de Mary Shelley que desembocó tanto terror como asombro incluso en la actualidad. La figura monstruosa de una criatura resucitada con electricidad pasó a la historia a través de diversas adaptaciones en el cine, la literatura y hasta en la cultura pop. No obstante, ¿qué nos dice esta obra sobre la ciencia y los cuestionamientos éticos que hay tras cada experimento? Te invitamos a leer esta nota para descubrirlo.

 

Una noche tormentosa de julio del año 1816, de la pluma de una escritora que buscaba entretención en el terror junto a un grupo de amigos, nació Frankenstein. Al menos el libro, porque en cuanto al monstruo, es ampliamente conocido que aquello que le dio vida en su historia fue la electricidad. Y es que a su autora, Mary Shelley, y el resto del grupo entre quienes estaban su futuro esposo Percy Shelley, su hermana Claire, el poeta Lord Byron y además el médico John Polidori, no sólo amaban los relatos de fantasmas: la ciencia y sus avances en la época fueron una gran inspiración que convirtió a este personaje en una representación de uno de los dilemas más antiguos para las y los científicos: ¿cuáles son los límites de la ciencia?

 

Mary Shelley, autora de Frankenstein o el moderno Prometeo

 

Por aquellos años las preguntas en torno a la capacidad de utilizar la electricidad para distintos fines fue el propulsor que guió muchas de las investigaciones de científicos entre los que destaca Luigi Galvani, quien buscó en este fenómeno natural una nueva forma de entender la vida.

El primero de ellos, el italiano Luigi Galvani, llevaba desde el año 1780 realizando experimentos en los que lo principal, y lo que causaba mayor impacto en quienes estaban presentes, era provocar convulsiones musculares en ranas muertas mediante descargas eléctricas. Su objetivo fue estudiar estas reacciones físicas para comprobar la existencia de corrientes eléctricas en tejidos animales y sobre todo en los músculos. Para esto utilizó distintos instrumentos metálicos que conducían la electricidad captada de una tormenta eléctrica.

Los experimentos “galvánicos” se popularizaron por toda Europa, especialmente ya que durante estas demostraciones se volvió común invitar a personas como público, quienes luego corrían la voz en distintos círculos, generando un aura de misterio y de cierto temor respecto de lo que estos experimentos implicaban. A lo anterior se sumó el hecho de que su sobrino y ayudante, Giovanni Aldini, replicó esta forma de experimentación galvánica en el cuerpo de George Foster, un criminal que fue condenado a muerte por el asesinato de su esposa y su hijo en el año 1803.

Si bien la experimentación con los cuerpos de criminales estaba permitida y no era algo fuera de lo normal para la época, la investigación que Aldini realizó aquel día dejó en la audiencia una impresión tan grande que muchos de los asistentes afirmaron incluso llegar a pensar que el cuerpo parecía volver a la vida durante los espasmos causados por la electricidad. Una imagen que se quedó grabada en la historia. 

Lo cierto es que, en los años siguientes, Luigi Galvani siguió reuniendo evidencia empírica de la naturaleza eléctrica de la actividad neurológica. Todo su trabajo culminó en un ensayo publicado en 1791 al que nombró Comentario sobre el efecto de la electricidad en la movilidad muscular. Ahí expuso la teoría de la existencia de una fuerza vital de naturaleza eléctrica que regiría los sistemas nervioso y muscular de los seres vivos.

Sin embargo, la discusión científica en torno a la verdadera fuente de energía que sustentaba la vida de animales y humanos iba más allá de los experimentos de Galvani y Aldini. 

En la comunidad científica británica existían dos posturas que tenían a sus principales defensores en los cirujanos William Lawrence y John Abernethy, respectivamente. El primero había sido médico de la familia de Percy Shelley y aseguraba que el cuerpo humano era sólo la suma de sus partes. En contraste, Abernethy pensaba que el cuerpo humano es animado por una fuerza vital, algo equivalente al alma.

Ambas opiniones generaban importantes contrastes en las inquietudes científicas de la época que se preguntaban sobre la posibilidad de reanimar un cadáver con electricidad, generando dudas alrededor de las definiciones sobre la vida y la muerte.

Los límites entre ambos conceptos se volvían aún más borrosos gracias al auge de la resucitación de personas ahogadas. Ésta era una práctica que, tras permanecer en la incomprensión y sujeta al azar de las circunstancias en casi todos los casos, recién a mediados del siglo XX comenzó a profesionalizarse y su aplicación se fue reduciendo cada vez más al ámbito de los médicos.

Uno de aquellos reanimadores que se especializó en este conocimiento fue el médico escocés James Lind, que trabajó en un rudimentario sistema de resucitación cardiopulmonar con el que logró revivir a un paciente. Algunos historiadores afirman que Lind fue un mentor y guía importante para Percy Shelley y que su vínculo fue esencial para despertar su interés en la ciencia, algo que más tarde también afectó a Mary Shelley – o Mary Godwin, su nombre de soltera antes de adquirir el apellido de Percy–.

Para ella, la reanimación de personas ahogadas era algo familiar. Antes de que naciera, su propia madre, Mary Wollstonecraft, había sido reanimada tras intentar suicidarse arrojándose a un río.

La tormentosa vida de su madre siempre fue como una sombra que oscurecía la de Mary Shelley, al igual que lo fue su muerte apenas doce días más tarde de su nacimiento. Incluso en sus primeros años, la escritora conocía de cerca la muerte y las contradicciones que giraban en torno a ella.

 

Portada de Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, eddición de 1831

Las ideas de retornar a la vida a personas que ya no están con nosotros la asombraban casi tanto como la aterraban. La vida y la muerte fueron temas recurrentes en su biografía y dan cuenta de su largo anhelo por entender ambos conceptos.

Fueron estos mismos miedos y deseos los que llevaron a Mary Shelley, a sus 18 años, a escribir una historia en la que la ciencia, una disciplina que la acompañó y refugió desde pequeña, buscaba resolver un problema que ella misma muchas veces deseó solucionar: la muerte. 

Aunque esta novela fue calificada dentro de las novelas del romanticismo, también se le conoce por ser la primera novela de ciencia ficción. Entre sus páginas se estudia un futuro distópico en el que la ciencia podría traer a la vida a una criatura formada a partir de extremidades y partes de distintos cuerpos, con la ayuda de la electricidad. En este escenario, es la misma criatura quien cuestiona a su creador por haberlo traído a la vida sólo para despreciarlo y rechazarlo después. En sus propias palabras:

“Tú, que te dices amigo de Frankenstein, pareces conocer mis crímenes y sus desventuras. Pero los detalles que él te haya contado no pueden resumir las horas y meses de desdicha que he sufrido consumiéndome en pasiones impotentes. Pues aunque destruía sus esperanzas, no satisfacía mis propios deseos, siempre ardientes y devoradores; anhelaba el amor y la compañía, y sin embargo era despreciado. ¿No es injusticia eso? ¿Debo ser considerado el único criminal, cuando toda la humanidad ha pecado contra mí?“.

Más allá de la verdadera posibilidad de reanimar a seres que ya no respiran, lo que Mary Shelley consiguió en su novela es mostrarnos una vez más que la ciencia puede ser la herramienta que nos lleve a un mejor futuro pero que, cuando se usa con fines egoístas, peligrosos y sin consideración de los límites éticos, puede llevarnos a todo lo contrario.

El actor Peter Cushing interpretando al doctor Frankenstein.