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Natalicio de Edgar Allan Poe: ¿La ciencia nos permite imaginar?
Por Ana María Muñoz

 

Edgar Allan Poe nació el 19 de enero del año 1809. Su vida, de apenas cuatro décadas, estuvo enmarcada por su abrumador pasado familiar, sus adicciones y su fascinación por lo oculto y tenebroso. Su importancia en la literatura gótica y de terror es innegable pero, ¿tenía este escritor una faceta científica? Si bien muchos de sus relatos están clasificados dentro de la ciencia ficción, su relación con la ciencia estaba rodeada de luces y, sobre todo, sombras.

Sentir miedo es natural. El miedo, como emoción, ha guiado a la humanidad desde sus inicios, a buscar respuestas frente a la incertidumbre. En cierta manera, el miedo es un motor de arranque para miles de hábitos y prácticas de la vida humana. Una de ellas, aunque no de manera evidente, es la ciencia. 

La ciencia y su afán por desvelar los misterios del mundo ha sido una de las principales razones por las que, hoy en día, podemos comprender mejor lo que nos rodea y dejar de mirarlo con temor. 

Es la ciencia la que nos llama a explorar, incluso en lo más desconocido, las respuestas a nuestras incertidumbres. Sin embargo, esa incertidumbre y esa sospecha en cualquier cosa que resulte extraña es la que alimenta géneros literarios y cinematográficos como el terror, el suspenso y sus derivados.

Mientras menos conocemos lo que es distinto a nosotros, más temor nos genera. Y uno de los autores en la historia que más ha recurrido a este temor para contarnos historias tan asombrosas como escalofriantes es Edgar Allan Poe. Sus relatos abarcan distintos temas y, por tanto, diversos temores. Pero todos ellos nos exponen al misterio y sucesos sobrenaturales que no se pueden explicar de manera racional. Es por eso que no resulta extraño pensar que el escritor sintiera una profunda desconfianza por la ciencia de su época.

Sin embargo, y pese a lo que pueda parecer, Edgar Allan Poe amaba la ciencia. En especial, la astronomía. 

Este gusto que se manifestaba ya desde sus primeros años de vida se fortaleció durante sus estudios universitarios, a comienzos del año 1826. Se destacó por ser un alumno aplicado y por su variado apetito por la lectura. También tenía mucha facilidad para los idiomas, la historia y la literatura pero no quedaba atrás en disciplinas científicas, como matemáticas, física y astronomía, dedicando largas horas al estudio de obras de divulgación científica, acertijos y problemas lógicos

Este interés por la ciencia, pese a no ser tan evidente en sus escritos, en realidad está presente en muchos de ellos. En su texto La pasión de Poe por la ciencia, Fernando J. Ballesteros expone que “el componente sorprendente o maravilloso de sus relatos es explicado principalmente desde la ciencia, en lugar de hacer uso de elementos fantásticos o sobrenaturales”, algo que, en su opinión, lo convierte en uno de los fundadores de lo que hoy conocemos por ciencia ficción.

A través del uso de las descripciones detalladas sobre experimentos y observaciones lógicas y acertadas, logra un lenguaje que se nutre mucho del lenguaje científico metódico. A diferencia de otros autores, que utilizan elementos como la magia, el misticismo o la religión, Edgar Allan Poe se basa en la ciencia para que sus personajes y sus historias sean verosímiles, es decir, creíbles. Al menos lo suficiente como para difuminar la línea entre lo real y lo ficticio en relatos como La verdad sobre el caso del señor Valdemar y Un cuento de las Montañas Escabrosas

Incluso en sus historias la ausencia progresiva de estos elementos sirve hasta como un indicador de que lo que ocurre escapa a cualquier intento de racionalización y nos deja claro que lo sobrenatural de los hechos no tiene explicación.

Autoras como María Isabel Jiménez, de la Universidad de Castilla-La Mancha o Carroll Laverty, de la Universidad de Duke, han expuesto el carácter científico de la obra de Edgar Allan Poe y han encontrado entre los temas recurrentes la frenología, el mesmerismo, los viajes, la transformación de la materia y el paso de lo corpóreo a lo espiritual, los autómatas y la destrucción del universo.

Edgar Allan Poe vivió entre los años 1809 y 1849. La sociedad de aquellos tiempos estaba casi hipnotizada por el avance tecnológico y, en consecuencia, también el científico. Todo progreso, bienestar y felicidad se basaba en la ciencia y en la tecnología.

El mismo Poe pensó que, tras su muerte, sería más recordado por sus ideas científicas,  que por sus relatos de ficción, pero la relación de Poe con la ciencia fue tanto de amor como de odio. 

Aunque deseaba ganarse un nombre en el mundo científico o ser escuchado por éste, encontraba varios aspectos para criticar de la ciencia de su época y aprovechaba cada oportunidad para hacerlo. Algunas veces, a través de las voces de sus personajes en largos monólogos y otras veces a través de su propia voz. Un ejemplo de lo último es su obra Sonnet to science (Soneto a la ciencia), escrita en 1829:

A la Ciencia
¡Ciencia! ¡verdadera hija del tiempo tú eres!
que alteras todas las cosas con tus escrutadores ojos.
¿Por qué devoras así el corazón del poeta,
buitre, cuyas alas son obtusas realidades?
¿Cómo debería él amarte? O ¿cómo puede juzgarte sabia
aquel a quien no dejas en su vagar
buscar un tesoro en los enjoyados cielos,
aunque se elevara con intrépida ala?
¿No has arrebatado a Diana de su carro?
¿Ni expulsado a las Hamadríades del bosque
para buscar abrigo en alguna feliz estrella?
¿No has arrancado a las Náyades de la inundación,
al Elfo de la verde hierba, y a mí
del sueño de verano bajo el tamarindo?
Edgar Allan Poe, 1829.

La crítica de Poe era hacia la rigidez de la ciencia, especialmente en aquellos años en los que existía un exceso de confianza en el método inductivo y el deductivo, ambos razonamientos basados puramente en la lógica que siguen pasos muy estrictos para llegar a conclusiones.

Bajo el punto de vista de este autor, esa rigidez no dejaba espacio a la intuición y la imaginación, dos cosas que, según él, habían guiado algunos de los mayores descubrimientos de la historia, a través de la serendipia. Este concepto se refiere a un descubrimiento o hallazgo fortuito accidental o casual, que se genera de forma inesperada sobre cosas que no se están buscando. Un ejemplo de serendipia en la ciencia es el descubrimiento de la penicilina, el primer antibiótico de la historia.

En el año 1847, tras la muerte de su esposa, Edgar Allan Poe comenzó a escribir su décimo y último libro, Eureka: Un poema en prosa. Ahí se propuso “hablar de lo físico, metafísico y matemático —del universo material y espiritual— de su esencia, origen, creación; de su condición presente y de su destino”. 

Es un texto lleno de errores y que, de acuerdo a muchos expertos, no sigue el método científico, como es de esperarse de este autor. Sin embargo, la intuición de Edgar Allan Poe si logró llegar a algunos aciertos, entre los que destaca la idea de que el universo se generó a partir de la explosión de una única partícula primordial. Así, podría decirse que Poe se anticipó casi un siglo a la teoría del Big Bang al proponer una solución a uno de los mayores misterios de la cosmología hasta bien entrado el siglo XX: ¿por qué la noche es oscura? Esta pregunta era conocida como la Paradoja de Olbers.

En aquellos tiempos, en base a la física newtoniana, se creía que el universo era estático e infinito en extensión. En él, todas las estrellas debían  estar uniformemente distribuidas, para garantizar su equilibrio gravitatorio. Pero esta uniformidad implicaba que, en cualquier dirección del cielo en la que miremos, tarde o temprano debíamos encontrar una estrella, un punto de luz, por lo que no existirían espacios oscuros. Claramente, esto no es lo que vemos.

A inicios del siglo XX algunos astrónomos pensaron que la solución estaba en pensar que la cantidad de estrellas en el cielo debía ser finita y estar limitada a una gigantesca estructura a la que llamaron Galaxia. Todas las estrellas giraban alrededor de un centro común en esta Galaxia. La fuerza centrífuga del giro servía para contrarrestar el colapso gravitatorio y permitía que el universo funcionara en equilibrio.

Pero la solución de Edgar Allan Poe, que encontró medio siglo antes, permitía la existencia de un universo infinito lleno de estrellas. Al parecer, la solución le llegó en un golpe de inspiración: El escritor postuló que la luz de las estrellas más lejanas no nos habría llegado aún, lo que implica que la velocidad de la luz no podía ser infinita, y que el universo no debía existir desde siempre. De esa forma, Poe llega a deducir en Eureka que el universo debió tener un origen, un instante inicial. 

En esta obra dejó clara, por última vez, su creencia en que no existe un método automático para descubrir nuevos hechos. Poco después de publicar Eureka, Edgar Allan Poe falleció, convencido de que había hecho una de las más importantes aportaciones en la historia de la ciencia. No obstante, como era de esperar, su solución no fue tomada en serio

No fue hasta finales del siglo XIX y principios del XX que el inductivismo comenzó a recibir críticas y, con esto, surgieron teorías científicas fundamentales que no se basaron en este método. En cambio, imaginar opciones nunca antes pensadas funcionó para muchos científicos, incluído Einstein en su teoría de la relatividad.

Hoy en día tenemos claro que la ciencia no es sinónimo de rigidez ni falta de creatividad. De hecho, es al contrario. La creatividad, al igual que la inteligencia, es fundamental para encontrar nuevos caminos e incluso crearlos si es que no existen. La ciencia, como cualquier actividad de creación, necesita de la imaginación para llegar a nuevos horizontes y Edgar Allan Poe lo sabía muy bien.